Lic. Marta Maglio de Martín
Presidenta de FUNDALAM
Son por todos conocidas las virtudes de la leche materna para la alimentación del bebé desde el mismo momento de nacer. Pero lo que pocos saben es que además de proporcionar defensas para el organismo infantil, la lactancia tiene también acción inmunológica en el aspecto afectivo.
La lactancia crea un vínculo de maravillosas posibilidades entre la madre y su hijo, una relación de amor, de enriquecimiento mutuo, porque es un canal de diálogo entre ambos.
Primero el vínculo será mamá-bebé, luego mamá-bebé-papá y demás miembros de la familia. De esta manera se irán dando las improntas vinculares que se suceden a lo largo de toda la vida, lo que llamo el “eslabón de las cadenas vinculares”.
La palabra vínculo encierra, entonces, toda la historia de la vida de una persona en relación con los demás.
Las primeras experiencias vinculares -durante la gestación e infancia- dejan huellas que se proyectarán en la vida de cada uno con singular fuerza. Cada ser humano lleva consigo una sucesión de experiencias vividas intensamente desde la concepción.
Hablar de vínculo como algo que comienza con el nacimiento, sería negar todas las riquísimas experiencias previas vividas entre la madre y su hijo durante la gestación.
Cuando una mujer tiene un hijo, él ya la conoce porque estuvo viviendo en su interior, entonces reconoce su olor, ruidos, latidos, calor.
Antes de nacer, el bebé se alimenta de su madre a través del cordón umbilical, en el momento preciso y con la medida justa requerida. Esto mismo significa la lactancia, donde el pezón es el cordón umbilical externo, ya que a través del pecho la mamá responde de la misma manera. Ella siente y registra con mucha facilidad, por eso es natural que sepa qué necesita su bebé.
Al referirnos a esta relación vincular a partir de la lactancia, no se trata de establecer comparaciones, ni mucho menos de crear culpas en aquellas mamás que por diversas razones no pudieron amamantar a su bebé. Sí se trata, en cambio, de referirnos a las características positivas que conlleva el amamantamiento.
En principio si revisamos cuales son los componentes bioquímicos e inmunológicos de la lecha materna, no podemos dejar de maravillarnos ante los beneficios que aporta al niño. Se dice, por ejemplo, que la leche de la primera etapa de la lactancia es como “oro líquido”, porque da al bebé las defensas que necesita contra todas las enfermedades infecto-contagiosas. Y eso es cierto porque la leche materna tiene virtudes inmunológicas.
Pero existen otros componentes que complementan de manera muy importante a la composición de la leche materna y que llenan las necesidades mutuas de alimento afectivo y comunicación. Por eso se propone a la lactancia materna como una inmunología desde el punto de vista emocional, precisamente por la importancia del vínculo que se crea desde un principio.
¿Por qué no pensar en que dar de mamar es inmunizar a un niño contra todas las enfermedades emocionales que tiene el ser humano cuando no ha recibido un reaseguro emocional y afectivo desde el principio?
La lactancia es una toma y daca: el bebé recibe muchísimas cosas, pero su madre también. La madre que amamanta ve reconfirmada su capacidad de continuar dando vida a través del alimento que produce su cuerpo.
La relación amorosa que se da con el amamantamiento es muy gratificante para ambos. El bebé estimula a su mamá, despertando en ella sentimientos y respuestas insospechadas para ella misma, ocurriendo lo mismo con la estimulación sensorial, afectiva y psicomotriz que la madre provee a su bebé cuando lo amamanta. Por otra parte, la experiencia amorosa implícita es tan gratificante que la madre modifica sin mayor esfuerzo su necesidad de tiempo personal, para dar un lugar especial a las necesidades de su hijo, porque ella se siente satisfecha de poder hacerlo. De ahí la importancia de incorporar el concepto de que la crianza significa “no relojes”.
La lactancia es a libre demanda: el bebé pide y su mamá le da. Dar a un niño lo que necesita, no es malcriarlo, sino que es llenar sus necesidades y carencias.
En el primer año de vida el bebé tiene una necesidad especial e intensa de estar con su madre, que es tan básica como la que tiene de alimentarse.
La única comida necesaria para el bebé es la leche materna, hasta tanto evidencie signos de necesitar otros alimentos. Lo recomendable es darle el primer alimento sólido cuando el bebé sea capaz de sentarse y se pueda enfrentar solo al plato. Es inútil intentarlo antes pretendiendo acelerar procesos, ya que él no está preparado fisiológica ni mentalmente. Es importante el respeto a esos tiempos.
Poco a poco esa “dependencia” de la mamá se irá convirtiendo en una independencia que, en el caso de los bebés amamantados, es cada vez más fuerte; incluso, luego son chicos que se conectan mejor con los demás, de modo no agresivo, porque han sido educados con amor.
Una sugerencia final: si la mujer consulta a un especialista desde el embarazo, recibirá la ayuda necesaria para que llegado el momento, pueda amamantar con éxito.
Lo importante es informarse, querer hacerlo e incorporar elementos que facilitarán la “tarea”.
Se trata de una “tarea” maravillosa: dar y recibir amor.